Algunas temporadas se recuerdan por los resultados. Otras, por lo que dejan dentro.
Este fue mi primer equipo juvenil y también mi primer año como entrenador. Un inicio exigente, marcado por la responsabilidad de sostener un grupo reducido de 15 jugadores que, lejos de rendirse, asumieron el reto con compromiso y carácter.
Fue una temporada dura. El contexto no era sencillo: un campo de tierra, partidos intensos y la necesidad constante de adaptarse y competir con recursos limitados. Sin embargo, fue precisamente en esa dificultad donde el equipo creció. Pasaron de resistir a atreverse a jugar, a entender el juego, a confiar en sí mismos y en el colectivo.
Más allá de lo deportivo, aquella experiencia definió una forma de entender el fútbol y el entrenamiento: el valor del esfuerzo diario, la importancia del grupo por encima de lo individual y la capacidad de aprender incluso en los momentos más complejos.
No fue una temporada perfecta, pero sí profundamente formativa. De las que marcan el camino. De las que no se olvidan.

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